La Luna llena

La Luna llena. Algo que me encanta. Que puedo estar mirando durante horas. Algo que esperaba, pero que no quería ver.

Bueno, sí lo quería. Pero deseaba más otra cosa.

Deseaba verla de otro color. O tapada por otro elemento del universo. Y no vi nada.

NADA.

Mi único plan se basaba en algo que detesto tanto como adoro: la ilusión.

No soy Mr Wonderfull, estoy podrido por dentro, pero como me ilusione con algo… Ay.

Y eso fue lo que pasó. Toda la semana. Todo el viernes leyendo datos y datos. Viendo recreaciones. Solo me faltaban las palomitas. Era feliz con la peli que tenía en mi cabeza. No pedía casi nada: solo ver lo que me decían que iba a pasar.

No me lo estaba inventando; es que iba a pasar. Y pasó. Y no lo vi.

Hice las mejores fotos que he hecho de la Luna hasta la fecha, pero no me valen. Por las expectativas. Las maravillosas expectativas (“maravillosas” es una palabra no censurable, guiño guiño).

Pero bueno, que genial la Luna llena.

Jackie, el inquieto.

Millones de ideas rondaban por la cabeza de Jackie. Su mente era un hervidero de inventos y probaturas. Ensayo y error, ensayo y error. La solución nunca le hacía una visita. Puede que el motivo fuese que no sabía qué estaba buscando.

Un día se le encendió la bombilla. Literalmente hablando. Nunca pensó que aquel camaleón podría producir electricidad. Pero tenía que descubrir cosas. Para descubrir hay que aventurarse y eso es lo que hizo.

El camaleón no sufría lo más mínimo. Enviaba la energía mediante una pequeña antena situada en una gorra que el mismo Jackie tejió una tarde de domingo.

Ahora contaba con una fuente de energía con la que jamás había contado.

Llevaba años estudiando a esos bichejos. Lo sabía (casi) todo de ellos. Menos eso de que también eran baterías come-moscas. Todo ventajas.

Un día se dio cuenta que si el camaleón se veía a si mismo reflejado en un espejo, la potencia que generaba era el doble.

Y en aquel momento pensó en ese reflejo infinito que se produce cuando estás entre dos espejos.

Tenía ante si una fuente inagotable de energía.

Se le encendió la bombilla. Esta vez figuradamente.

¿Por qué no avanzar en el proyecto del viaje espacial?

La capsula estaba lista desde hacía tiempo. Pero no sabía cómo disponer de una batería que le permitiese no tener que parar a recargar. Ya que intuía que en el espacio exterior no había “gasolineras”, aunque eso solo eran conjeturas.

Continuará…

 

[Suena una notificación]

“Hola”, ponía en ella.

Hasta aquí todo más o menos bien. Ese mensaje se podía contestar sin hacer equilibrios sobre una cuerda y una barra en las manos.

Segundos después, otra notificación: “¿Cómo estás?”

Mierda.

No le apetecía contestar a ese mensaje. O eso se decía una y otra vez. Aunque cada día, al despertar y activar el Wi-Fi, solo se fijaba en si le había vuelto a escribir. Pero no.

Le gustaba que le contestasen a los mensajes. Y le gustaba más aún que le tratasen como le gustaría ser tratado.

Cogió el móvil y…

[piensa]

¿Qué como estoy? Estoy despierto, aunque poco se diferencia esto de una pesadilla.

Me hiciste creer que los sueños se hacían realidad. No me vendiste ninguna moto, me diste las llaves.

De un día para otro me vi paseando de la mano de alguien. Alguien que me la cogió sin pedírselo. Para muchos, el primer día de relación es ese en que se besan o se acuestan por primera vez; para mí fue el día en que tus dedos de la mano izquierda se mezclaron con mis diestros.

Fue al cruzar un paso de peatones. Pero sobre él no había nadie. Por lo menos a ras de suelo.

Yo estaba flotando. Como los sueños que tenía los días anteriores. Volaba. Sin miedo.

Hasta entonces, cuando soñaba que era feliz, deseaba despertar. Sabía que era una ilusión y no quería vivir en ella. Quería soñar, pero con las gafas limpias y los ojos abiertos.

Y, de repente, un día me despierto y veo que estoy soñando. Que estás ahí.

¿Cómo te voy a contestar a esa pregunta? No quiero engañar. Ni a ti ni a mí.

¿Qué por qué es ahora una pesadilla?

Porque estás ahí en cada momento. Exponencialmente. Desde el despertador hasta el… hasta el mismo despertador.

La culpa no es de la alarma. Bueno, la culpa no es de nadie.

Eso me digo. Eso me quiero decir. Porque la culpa es mía. Tras aquel “no es por ti, es por mí” y mi “¿estás segura?”, no luché. Jamás sabré qué hubiese pasado, pero me arrepiento de que no pasase nada.

El “no molestar”. Me cago en la puta.

Días, semanas, meses, años… Años, años y años. Y nada. El tiempo no cura. Estás ahí en cada momento. Aunque no sepa dónde está ese “ahí”.

Tu diente, el torcidito, lo he visto en todas las chicas con las que he compartido algo. Desde un café a una noche.

Y así con todo lo demás.

¿Y tú me preguntas que cómo estoy?

[deja de pensar]

[se pone a escribir]

– Bien. Cuánto tiempo. ¿Y tú qué tal?

Las aventuras de Nadie: primer acto.

Nadie estaba aburrido de ser él mismo. Nada que ver con “el mismo”.

Él nunca era el mismo. Aunque siempre era nadie.

Un día, Nadie, decidió hacer cosas.

Siempre le había sonado bien la palabra “aventurero”; así que la buscó en el diccionario.

“Aventurero-ra”: Que busca aventuras. Que trata de elevarse por medios reprobados.

“Aventurero” venía de “aventura”. Siempre lo supo, pero una cosa es saberlo y otra SABERLO.

“Aventura”: Suceso o lance extraño. Casualidad. Riesgo.

Él era un suceso.

Él era extraño.

Él era una casualidad.

Él iba a arriesgar.

Nadie era un ser binario. Sí o no. Blanco o negro. Todo o nada. Y si iba a arriesgar, no podía hacerlo solo un poco.

Esta historia puede que acabe aquí. Eso solo lo sabe una persona. ¿Quién? Nadie.

Eh, tú. No te olvides de mí.

Me dice la agorafobia cada día. Y es normal. Es lo que más tiempo ha estado conmigo.

Aún se me presenta como un pedazo de kryptonita. Un “¿qué tal todo?” de tu ex. El zumbido fantasma del móvil. La piedra en el zapato que no es más que la costura del calcetín.

Supongo que es algo con lo que tengo que vivir. Pero no pasa nada, llevaba así toda la vida. Por unos fugaces instantes no voy a pulsar el botón rojo. Aunque mentiría si dijese que no lo tengo localizado.

Miro la libreta en la que apuntaba los deberes que me ponía Mónica, mi psicóloga. Justo hace un año, tenía como tarea la misma que tengo este fin de semana: una comunión.

Hay un denominador común: no quiero ir. La diferencia es que en aquella ocasión pensaba que me iba a morir y en esta, tan solo no me apetece. No me apetece ir, lo de morir… (ES BROMA)

Hace un par de semanas fui a un concierto de Fito. Pasé el día anterior y ese mismo peor que si fuese al dentista. Y todo por un “y si…”. Al final no pasó nada malo. Fue lo más. Fui feliz. He mirado lo que significa “felicidad”, que la gente usa esa palabra muy a la ligera.

Fue tan bien que pensé en ir a más conciertos de esta misma gira. No sé si iré, pero ahora es una posibilidad y hace unos meses era un “eso no es para ti, Alberto”.

Como lo del avión. Del “no puedo” a lo que se me vino a la cabeza el otro día: dar la vuelta al mundo.

Nada de lujos ni comodidades. De avión, en avión. Y poco más. Pero darla. Decirme a mi mismo que lo hice.

Llegué a Ibiza. Ir más lejos es tan fácil como acercar una vela a una figurita y ver como su sombra se agranda.

Ahora solo pretendo una cosa: estar mejor. Que no es lo mismo que estar bien.

Dicho lo cual; pomelo.

PD: Si no me entiendes, no pasa nada. A mí me pasa continuamente.

Gracias

Le dijo tras un “por haberme hecho sentir vivo”.

“Gracias a ti también”, obtuvo como respuesta.

“Me estás matando, no me las des.”

Le pidió que retirase ese “gracias a ti también”. Y lo hizo.

Nunca le había pedido nada, pero en ese momento no podía aceptar ese agradecimiento.

Creía que no era sincero.

Ahora se arrepiente de aquella petición.

Claro que lo fue.

Fue una isla desierta y en ella hubo felicidad.

Una felicidad que llevó a las lágrimas.

De las que surcan las mejillas tras encontrar esas palmeras que se entrelazan formando una X.

No aceptó el “gracias” porque quería unos segundos más de conversación.

De conversación. De relación. De lo que fuese.

Pero más.

El tesoro se alejaba.

Ahora las gracias se las da cada día.

Ahora sabe que puede conseguir ese tesoro que tanto anheló.

Ahora sabe que no hay que buscar el mapa.

Ahora y siempre: gracias.

Un trabajo en Alemania

Era lo que más deseaba. Que esa persona encontrase un trabajo en Alemania.

Corría la voz de que allí las condiciones eran buenas, se podría dedicar a lo suyo.

También podría conocer a alguien. Empezar algo.

Quería lo mejor para ese ser, pero lejos.

Muy lejos.

Entonces, pasó algo.

Se enamoró de Italia.

Empezó a viajar. A soñar. A sudar. A temblar.

(Casi) todo a distancia.

Alemania ya no estaba en su cabeza.

Alemania no era más, ni menos, que cualquier otro paradero.

A excepción de Italia, claro.

Ahora Italia estaba por todas partes.

En un paso de cebra. En un banco en el paseo. Disuelta en el café y en el agujero de un donette.

Un día Italia dijo ciao.

Se lo esperaba.

Creía que era lo mejor.

Que se pasaría rápido.

Se acordó de Alemania.

Se dio cuenta de que Alemania no hubiese sido solución.

Ahora vivía en Italia.

A cientos de kilómetros.

Pero en Italia.

Para siempre.

 

We have to go back

Donde fuiste feliz alguna vez, no debieras volver jamás”

Esa es una de las frases que una vez llegan a tus oídos y se te quedan bien clavaditas.

Y piensas “claro, es que es así. A ver si vuelves y se rompe la magia”.

Pero, ¿qué magia? Si estás pensando en que volver acabará con ella, es que a esta le salieron raíces y se pudrió en el fondo del cajón. Como esa patata que compraste para hacer tortilla. La hiciste, te sobró, la dejaste para otro día y pasó lo que pasó.

Me considero un tío objetivo, pero todo lo que hay en este blog es subjetivo. Y allá voy.

TIENES QUE VOLVER.

Y lo tienes que hacer por una simple razón: por ti.

Ese miedo a “si vuelvo todo será una mierda, porque nada será como fue”. Y así es, pero tienes que saber por qué te gustó aquella vez. Porque lo mismo las razones no son las que crees.

Piensas que te gustó la compañía, pero puede que te gustase más el clima.

Piensas que te gustó lo qué paso, pero te das cuenta de que eso ha pasado en más sitios.

Lo mismo te enamoraste de un lugar. Y para saber si eso es cierto, tienes que volver.

¿Cuándo? Cuando creas.

¿Con quién? Con quien te apetezca.

¿Mi consejo? No esperes al momento ideal, porque no va a llegar. Y ve solo, porque de lo contrario, te vas a distraer. No es una visita, es una reconquista.

Puede que también seas de lo que piensan que viajar solo es triste. Entonces tu problema está elevado al cuadrado.

Ve por el camino que ya conoces. Porque cada cosa que te recuerde a aquellos trayectos, te hará comparar y valorar.

¿No te gusta la idea, verdad? Ya. Ni ir al dentista. Y puedes no ir a quitarte esa muela que tanto te molesta. Y puedes no volver a ese sitio y quedarte con el runrún. Puedes hacer lo que quieras. Pero tú sabes que es lo que debes hacer, ¿a que sí?

¿Qué puede ser lo peor? Que revivas recuerdos. Pero, entre tú y yo, eso ya lo haces, ¿verdad?

¿Y lo mejor? Lo mejor es que te descubras.

Y volviendo al vídeo de la intro…

Lo mismo Jack no quería volver con Kate. Lo mismo él quería volver a la isla.

The italian

No, no voy a escribir en inglés. Pero “El italiano” quedaba un poco meh. Total, el cambio no es para tanto. Si esto fuese una peli de Antena 3, “The italian” se hubiese convertido en “Traición en la cabaña”; por ejemplo.

El italiano en cuestión fue mi acompañante en el vuelo de vuelta de Ibiza. En media hora (o menos) de vuelo, aquel tío tiró por tierra todas mis tonterías. O, al menos, gran parte de ellas.

Vamos allá.

El susodicho tenía entorno a 50 años. Y todo le daba igual. O nada.

Tenía un tatuaje en el antebrazo. Un oso de peluche con cosas clavadas. Sí, tengo 18 tatuajes, pero ninguno de los que se ven fácilmente son tan “¡Hala!” como el que él llevaba. No sé si me explico.

No vestía como “debe” vestir un hombre de su edad. Él se ponía lo que le apetecía.

En un vuelo de poco más de un rato, cenó. Se pidió una lasaña. Yo tenía el estómago tan cerrado que no me cabía ni un suspiro, y él se estaba clavando uno de mis platos favoritos. Puede que el único que hace sombra a la pizza.

Yo no hablaba italiano, él nada de castellano, pero me decía cosas como si ambos hablásemos la misma lengua. Sí, sé que se parecen ambos idiomas. Pero yo en ese caso le doy muchas vueltas a lo de “no me va entender…”.

No paraba de reír. Todo le parecía curioso. Disfrutó (creo) de su lasaña, preguntó por casi todos los productos que ofrecía el personal de vuelo. No paraba.

No sé, lo mismo actuaba así porque tenía más miedo que yo a volar. Y necesitaba distraerse. A mí eso me da igual. Me quedo con lo que a mí me parece.

Pues eso, que no era la persona que piensa “media hora de vuelo, quédate quieto y no molestes”. En su cabeza debería tener el pensamiento “media hora para hacer cosas. Todas las que pueda.”

Esta entrada tenía mejor pinta en mi cabeza. Justo lo contrario que una diadema. En fin. Hasta más ver/leer.

Plutón

Esa fue mi respuesta a la pregunta “¿Cuál es el planeta que se encuentra más alejado del Sol?”. Sí sí, sé que ya no se le considera un planeta con todas la de la ley, pero ese tema es algo que tocaré más adelante.

Tendría unos 9 años y estábamos jugando al Trivial una tarde de domingo. O de sábado. No me acuerdo de la edad que tenía, voy a saber si era un día u otro. Aunque estoy seguro, que si pienso un poco, hasta recuerdo que comimos aquel día.

Contesté “Plutón” sin tener la menor idea. Pero me dijeron “no sé, di uno” eso hice y ¡BINGO!

Pareció un hecho menor, pero aquel momento se quedó bien grabadito en mi memoria.

Por aquel entonces, como ahora, ya sentía una especial intriga por el espacio, el universo, el cosmos o cómo lo queráis llamar.

Creo que por eso me gusta tanto Dragon Ball o Los Caballeros del Zodiaco. No sé, había planetas, constelaciones, naves… Y ahí sigo.

De pequeño pensaba muchas cosas. Había un pensamiento que no salía de mi cabeza: en algún lugar del universo, tiene que haber un muro que lo delimite. Y a continuación llegaba el “pero”; PERO ¿ese muro cuándo se acabaría? ¿sería infinito? Entonces el universo no tendría fin, porque el muro sería parte de él. Y así venga y venga, dale y dale.

Hoy en día sigo en el mismo punto. Entiendo que sea infinito, pero me cuesta.

Vamos al tema que todos estabais esperando: lo de que no es un planeta.

Resulta que encuentran un planeta más grande que Plutón y deciden, que en lugar de ampliar el número de planetas, lo reducen. Para dejar excluidos a los nuevos y a Plutón.

Me parece más fuerte que el vinagre.

Si descubres algo, pues lo sumas a la lista. No eliminas ítems. Esas celebridades tienen que ser españolas, tenían que tomar una decisión, se acercaba la hora de la siesta y claro…

Es que yo la situación la veo así: es como si en un equipo de baloncesto, hay un tío así como que es poca cosa, un poco raro, un tanto hermético… y un día llega otro. Este nuevo es parecido al tío raro, pero un poco más alto y gordo. PUES LOS DOS FUERA. ¡Venga ya! Es que no. Por ahí ni paso ni quiero.

A todo esto, mi planeta favorito es Saturno. Esos anillos me ponen cosa mala. Aunque Marte y su luz de atardecer… buf.

Y bueno, que estoy a tope con el universo. En las últimas semanas he visto Interstellar, Marte, 2001: A Space Odyssey, Moon y puede que alguna más. Apunto todas las pelis en una libreta, pero ahora mismo no la tengo al alcance y no me quiero levantar. También tengo un par de guías; una de planetas y otra de estrellas. Y flipo.

¿Qué cosas más raras escribo últimamente, no? Nada tiene relación. Todo diferente. Todo yo.