Un trabajo en Alemania

Era lo que más deseaba. Que esa persona encontrase un trabajo en Alemania.

Corría la voz de que allí las condiciones eran buenas, se podría dedicar a lo suyo.

También podría conocer a alguien. Empezar algo.

Quería lo mejor para ese ser, pero lejos.

Muy lejos.

Entonces, pasó algo.

Se enamoró de Italia.

Empezó a viajar. A soñar. A sudar. A temblar.

(Casi) todo a distancia.

Alemania ya no estaba en su cabeza.

Alemania no era más, ni menos, que cualquier otro paradero.

A excepción de Italia, claro.

Ahora Italia estaba por todas partes.

En un paso de cebra. En un banco en el paseo. Disuelta en el café y en el agujero de un donette.

Un día Italia dijo ciao.

Se lo esperaba.

Creía que era lo mejor.

Que se pasaría rápido.

Se acordó de Alemania.

Se dio cuenta de que Alemania no hubiese sido solución.

Ahora vivía en Italia.

A cientos de kilómetros.

Pero en Italia.

Para siempre.

 

We have to go back

Donde fuiste feliz alguna vez, no debieras volver jamás”

Esa es una de las frases que una vez llegan a tus oídos y se te quedan bien clavaditas.

Y piensas “claro, es que es así. A ver si vuelves y se rompe la magia”.

Pero, ¿qué magia? Si estás pensando en que volver acabará con ella, es que a esta le salieron raíces y se pudrió en el fondo del cajón. Como esa patata que compraste para hacer tortilla. La hiciste, te sobró, la dejaste para otro día y pasó lo que pasó.

Me considero un tío objetivo, pero todo lo que hay en este blog es subjetivo. Y allá voy.

TIENES QUE VOLVER.

Y lo tienes que hacer por una simple razón: por ti.

Ese miedo a “si vuelvo todo será una mierda, porque nada será como fue”. Y así es, pero tienes que saber por qué te gustó aquella vez. Porque lo mismo las razones no son las que crees.

Piensas que te gustó la compañía, pero puede que te gustase más el clima.

Piensas que te gustó lo qué paso, pero te das cuenta de que eso ha pasado en más sitios.

Lo mismo te enamoraste de un lugar. Y para saber si eso es cierto, tienes que volver.

¿Cuándo? Cuando creas.

¿Con quién? Con quien te apetezca.

¿Mi consejo? No esperes al momento ideal, porque no va a llegar. Y ve solo, porque de lo contrario, te vas a distraer. No es una visita, es una reconquista.

Puede que también seas de lo que piensan que viajar solo es triste. Entonces tu problema está elevado al cuadrado.

Ve por el camino que ya conoces. Porque cada cosa que te recuerde a aquellos trayectos, te hará comparar y valorar.

¿No te gusta la idea, verdad? Ya. Ni ir al dentista. Y puedes no ir a quitarte esa muela que tanto te molesta. Y puedes no volver a ese sitio y quedarte con el runrún. Puedes hacer lo que quieras. Pero tú sabes que es lo que debes hacer, ¿a que sí?

¿Qué puede ser lo peor? Que revivas recuerdos. Pero, entre tú y yo, eso ya lo haces, ¿verdad?

¿Y lo mejor? Lo mejor es que te descubras.

Y volviendo al vídeo de la intro…

Lo mismo Jack no quería volver con Kate. Lo mismo él quería volver a la isla.

The italian

No, no voy a escribir en inglés. Pero “El italiano” quedaba un poco meh. Total, el cambio no es para tanto. Si esto fuese una peli de Antena 3, “The italian” se hubiese convertido en “Traición en la cabaña”; por ejemplo.

El italiano en cuestión fue mi acompañante en el vuelo de vuelta de Ibiza. En media hora (o menos) de vuelo, aquel tío tiró por tierra todas mis tonterías. O, al menos, gran parte de ellas.

Vamos allá.

El susodicho tenía entorno a 50 años. Y todo le daba igual. O nada.

Tenía un tatuaje en el antebrazo. Un oso de peluche con cosas clavadas. Sí, tengo 18 tatuajes, pero ninguno de los que se ven fácilmente son tan “¡Hala!” como el que él llevaba. No sé si me explico.

No vestía como “debe” vestir un hombre de su edad. Él se ponía lo que le apetecía.

En un vuelo de poco más de un rato, cenó. Se pidió una lasaña. Yo tenía el estómago tan cerrado que no me cabía ni un suspiro, y él se estaba clavando uno de mis platos favoritos. Puede que el único que hace sombra a la pizza.

Yo no hablaba italiano, él nada de castellano, pero me decía cosas como si ambos hablásemos la misma lengua. Sí, sé que se parecen ambos idiomas. Pero yo en ese caso le doy muchas vueltas a lo de “no me va entender…”.

No paraba de reír. Todo le parecía curioso. Disfrutó (creo) de su lasaña, preguntó por casi todos los productos que ofrecía el personal de vuelo. No paraba.

No sé, lo mismo actuaba así porque tenía más miedo que yo a volar. Y necesitaba distraerse. A mí eso me da igual. Me quedo con lo que a mí me parece.

Pues eso, que no era la persona que piensa “media hora de vuelo, quédate quieto y no molestes”. En su cabeza debería tener el pensamiento “media hora para hacer cosas. Todas las que pueda.”

Esta entrada tenía mejor pinta en mi cabeza. Justo lo contrario que una diadema. En fin. Hasta más ver/leer.

Plutón

Esa fue mi respuesta a la pregunta “¿Cuál es el planeta que se encuentra más alejado del Sol?”. Sí sí, sé que ya no se le considera un planeta con todas la de la ley, pero ese tema es algo que tocaré más adelante.

Tendría unos 9 años y estábamos jugando al Trivial una tarde de domingo. O de sábado. No me acuerdo de la edad que tenía, voy a saber si era un día u otro. Aunque estoy seguro, que si pienso un poco, hasta recuerdo que comimos aquel día.

Contesté “Plutón” sin tener la menor idea. Pero me dijeron “no sé, di uno” eso hice y ¡BINGO!

Pareció un hecho menor, pero aquel momento se quedó bien grabadito en mi memoria.

Por aquel entonces, como ahora, ya sentía una especial intriga por el espacio, el universo, el cosmos o cómo lo queráis llamar.

Creo que por eso me gusta tanto Dragon Ball o Los Caballeros del Zodiaco. No sé, había planetas, constelaciones, naves… Y ahí sigo.

De pequeño pensaba muchas cosas. Había un pensamiento que no salía de mi cabeza: en algún lugar del universo, tiene que haber un muro que lo delimite. Y a continuación llegaba el “pero”; PERO ¿ese muro cuándo se acabaría? ¿sería infinito? Entonces el universo no tendría fin, porque el muro sería parte de él. Y así venga y venga, dale y dale.

Hoy en día sigo en el mismo punto. Entiendo que sea infinito, pero me cuesta.

Vamos al tema que todos estabais esperando: lo de que no es un planeta.

Resulta que encuentran un planeta más grande que Plutón y deciden, que en lugar de ampliar el número de planetas, lo reducen. Para dejar excluidos a los nuevos y a Plutón.

Me parece más fuerte que el vinagre.

Si descubres algo, pues lo sumas a la lista. No eliminas ítems. Esas celebridades tienen que ser españolas, tenían que tomar una decisión, se acercaba la hora de la siesta y claro…

Es que yo la situación la veo así: es como si en un equipo de baloncesto, hay un tío así como que es poca cosa, un poco raro, un tanto hermético… y un día llega otro. Este nuevo es parecido al tío raro, pero un poco más alto y gordo. PUES LOS DOS FUERA. ¡Venga ya! Es que no. Por ahí ni paso ni quiero.

A todo esto, mi planeta favorito es Saturno. Esos anillos me ponen cosa mala. Aunque Marte y su luz de atardecer… buf.

Y bueno, que estoy a tope con el universo. En las últimas semanas he visto Interstellar, Marte, 2001: A Space Odyssey, Moon y puede que alguna más. Apunto todas las pelis en una libreta, pero ahora mismo no la tengo al alcance y no me quiero levantar. También tengo un par de guías; una de planetas y otra de estrellas. Y flipo.

¿Qué cosas más raras escribo últimamente, no? Nada tiene relación. Todo diferente. Todo yo.

 

Los borradores de las arenas.

Lo “de las arenas” ha sido más gratuito que eso de “niño, ¿la novia para cuándo?”, pero sentí que tenía que decirlo. Como tú tía al hacer esa pregunta, no podía quedarse callada.

Voy a hacer una cosa que ningún artista (sí, lo soy) debería hacer. Os voy a mostrar esas cosas que dejé a medias. Me refiero a entradas que no conocieron el fin. No a esa colección de “Dedales del mundo”. Diría “vamos”, pero estoy muy solo, así que VOY.

Borrador del 25 de octubre de 2015:

No quería escribir, porque, entre vosotros y yo, no estoy inspirado y suelo estar inspirado cuando estoy contento. Así que blanco y en botella. Pero bueno, como siempre me decís muchos de vosotros “estamos para lo que necesites”, pues os fastidiáis.

No voy a ponerme a contar penas, porque las penas con rumba, son menos penas, morena. Sólo decir que este es un momento de conocimiento personal y aprendizaje.

Suelo tener sensaciones sobre los días que están por venir, aunque casi nunca se acaban cumpliendo esas predicciones. Ahora es diferente, no siento nada. Ni bueno, ni malo.

Ahora mismo no sé si he superado ciertas cosas, si no o si esto es el ojo del huracán. De ser la última opción, ya podría ser un ojo del tamaño de Australia (siempre que veo lo grande que es Australia, estoy alucinando cerca de 17 horas.) Podría vivir en él. Creo.

Sólo tengo clara una cosa, que esto se acabará, se pasará, porque es lo que quiero y tengo un plan (nena, mientras guiño el ojo derecho y hago la pistola con los dedos). Dentro de un tiempo, esto no será más que un par de piedras en el camino.

Borrador del 14 de febrero de 2016:

Hola buenas tardes y de paso, feliz año. A todos nos han felicitado el año tan tarde que nuestra respuesta a dicha felicitación fue “¿en serio?”, por lo menos interiormente.

Ni más ni menos, yo lo hice la semana pasada, pero fue a alguien que me cae mal, bastante mal. A ver si con ese tipo de cosas piensa que soy tonto y me va haciendo menos caso. Que a ver, que ya lo soy, pero es una persona que no me conoce demasiado y se lo tengo que poner fácil.

A lo tonto a lo tonto, llevo casi 100 palabras en esta entrada. Qué loco todo.

Hoy es San Valentín y bueno, Twitter está… la verdad es que está como casi siempre. Aunque hoy mucho caso no le he hecho, ¿por qué? Pues porque he hecho una mini maratón de “The man in the high castle”. Está basada en que Alemania gana la Segunda Guerra Mundial e invade, junto a sus aliados japoneses, Estados Unidos. Sólo me queda por ver el final de temporada. Ya os contaré qué tal cuando lo vea. O no… Pero la noticia es que esta noche vuelve The Walking Dead. Pero la noticia es que en nada vuelve Vikings. Ay.

Borrador del 23 de mayo de 2017:

No os voy a engañar, no tengo ningún tipo de guion para esta entrada. Cero. Suelo tener cosas apuntadas en el móvil y en una libreta. ¡Ah! ¡¡No me acordaba de la libreta!! Voy por ella.

Mierda, la única cosa que tengo apuntado y no he usado anteriormente es algo que no hace gracia. Es lo siguiente: Llovía. Pero no lo suficiente como para usar paraguas, pero sí como para poner cara de estar comiendo algo tan ácido como una ironía bien tirada.

Ahora he usado algo que no tocaba.

Lo único que tenía en la reserva.

Me siento desnudo.

Me levanto vestido.

Le he dado al intro unas cuantas veces porque tengo la cabeza un poco vacía de ideas. Y bueno, entre el truco del interlineado 1,5 y el del “punto gordo” la mayoría de gente tiene el graduado escolar.

Borrador del 17 de junio de 2017: Esto era el principio de un libro o de ALGO.

Sabía que a su lado lo tenía todo. Sabía él siempre estaría ahí. Sabía que lo tenía todo controlado. Sabía que casi todo esfuerzo tiene su recompensa. Arlet sabía muchas cosas.

Pero lo que al fin sabía, lo que le había llevado de cabeza toda su vida. Lo que ya casi daba por perdido… Había descubierto el gran secreto de la humanidad actual.

La Segunda Guerra Mundial cambió el rumbo de la evolución humana. Sí, pero no como todo el mundo creía. Aquella barbarie solo fue maquillaje. Un telón de sangre que lo tapó todo.

De todos es sabido que el ejército nazi era una potencia en tecnología. Pero lo que no se conocía, es que sus mayores innovaciones estaban muy alejadas de los conflictos bélicos.

Controlaban a la población mediante las vacunas. Los campos de concentración eran sus grandes laboratorios.

Estábamos monitorizados desde el minuto uno. Todo lo que nos ocurría quedaba registrado.

Sabían que su raza, de la que tanto hablaban, no era la más fuerte. Las primeras pruebas las habían hecho con sus propios hijos. “Los héroes de Schwerin” eran llamados. Pero no soportaron el tratamiento y todos murieron.

Un día decidieron probar suerte con una pareja de gemelos. Habían nacido en un calabozo. El delito que cometió su madre fue el de ser de Varsovia.

El equipo médico inyectó la dosis en los pequeños polacos. Previamente también le habían suministrado una inyección a la madre, pero con esta no querían experimentar. Nunca más se despertaría.

No fueron cuidadosos con los pequeños, estuvieron a pan y agua cuatro días. Dos más que lo que habían vivido Los héroes de Schwerin, pero estos contaban con todo tipo de cuidados y lujos.

Los alemanes recibieron un golpe directo a su estómago repleto de ego. No eran los más fuertes. Pero también se les abría una esperanza para su ansiado fin.

CAPÍTULO 2

Arlet llevaba doce años investigando. Bueno, ella llevaba investigando toda la vida. Le gustaba saber. Más bien era una adicción. Le daba igual el cuándo, el cómo y el qué; ella quería conocer.

De ahí que no acabase ninguno de los estudios que empezó. Unos cuantos años en la facultad de medicina, otros en la de biotecnología; informática y criminología también la vieron pasar por sus aulas.

Borrador del 20 de septiembre de 2017: El principio de un ¿cuento?

El cuarenta y seis de riust había llegado. En el mes de riust se producían muchos acontecimientos en el planeta Foref. Era el cuarto mes, de un total de siete. Pero ese día, era como el comienzo. No a efectos de calendario, pero sí en la vida de sus habitantes.

El planeta Foref estaba formado por dos hemisferios. En el hemisferio occidental se encontraba la zona seca, mientras que en el oriental, el océano lo ocupaba todo.

En tierra residía la mayor parte de la población, mientras que en unas nubes lo hacía el resto.

El día cuarenta y seis del cuarto mes, se celebraba el sorteo planetario. Con él, unos pocos conseguían un viaje. Un viaje en un unicóptero con destino a esos cuerpos que flotaban en el aire y de los cuales solo se observaba la panza o el agua de la lluvia.

Foref contaba con

Borrador del 9 de noviembre de 2017:

Soy yo, el de siempre. Bueno, no. He cambiado en esta ausencia. Pero poco. Como pa’ dentro.

Llevo tiempo sin escribir, simplemente porque no me apetecía. He estado haciendo otras cosas. Vamos: he estado haciendo fotos. Pero eso ya lo sabéis. Le habéis dado al like, que lo sé yo.

Bueno, al lío. Messi. Joder, eso lo llevo fatal. Es “Leo” Messi, pero su nombre es Lionel. Pero todo el mundo se refiere a él como “Leo”. ¿Qué lío, no? Soy súper gracioso.

Pero conozco una historia mejor. Conozco a una mujer, una que formó parte de mi familia, que se llama Asunción, pero todo el mundo la conoce como “Susi”. “Hola, me llamo Asunción, pero puedes llamarme Susi”, es como si yo digo “Hola, me llamo Alberto, pero puedes llamarme MacGyver”.

Ay, MacGyver. De pequeño no había día que no lo viese. Día o semana, no sé con que frecuencia lo emitían. Me pasa lo mismo con “Un médico precoz”.

Vaya mierda de entrada me está quedando.

He dicho “mierda”, pero soy mayor, puedo hacer o decir lo que quiera. Menos ser feliz, eso no lo puedo hacer [suena música dramática]

Dicen que todo llega, que solo hay que ser paciente y no desistir. Yo era reacio, pero es verdad. Desde la semana pasada tengo algo que jamás pensé poder tener: acceso a la cuenta bancaria desde el móvil.

Ahora si tengo un motivo para llorar cada día. Es algo muy útil, ya que aunque lo necesite, es muy difícil que las lágrimas surquen mis mejillas. ¿Qué? ¿Cómo os habéis quedado? Pues seguros que fríos. Y no, no pienso decir “como mi corazón”.

PAUSA (Como Lily y Marshall)

Borrador del 21 de enero de 2018:

Es que, le guste o no, se acuerda.

Se acuerda de subir ¿10?, ¿12?, plantas de hospital por las escaleras; disfrazado de payaso. Con unos zapatos que no cabían en los escalones. Tenía miedo al ascensor. Pero tenía que subir todos y cada uno de esos peldaños. Y lo hizo.

Recuerda aquella Navidad en la que los Reyes o Papá Noel y sus renos le trajeron una pelota de baloncesto. Tricolor. De siempre le enseñaron a no hacer ruido en casa. A no molestar a los vecinos. Recuerda que aquel día su padre le dijo “pero bótala” y flipó. Es como si ahora te dejasen fumar dentro de un hospital. Cosa que parece de otro mundo, pero que fue de este. Antes de ayer.

“Niño, no pises el suelo, que acabo de fregar”. Al niño no le importaba acatar esa orden, porque a él le gustaba respetar las normas.

“No hace falta que lleves todos los libros, coge el que quieras leer”. Pero a él le gustaba tenerlos todos cerca. Porque cuando se cansase de uno, tener otro y otro y otro. Además, eran perfectos. Más que libros.

Y hasta aquí.

¿Os gustaría que siguiese con algo de lo que habéis leído?

Hasta la próxima. Que la habrá. Vamos que si la habrá.

Una valla en el camino

Él iba en moto. Cada día el mismo trayecto. Todo bajo control.

Acelera para que el semáforo no cambie a rojo antes de su paso. Como cada día.

Toma café en el mismo bar. Ya saben cómo servírselo. No hace falta que diga nada.

Vuelve a subirse a su moto, que dejó aparcada entre el banco y la farola. Como siempre.

Acelera, gira, frena, bache, intermitente, gas y a la oficina hasta las 18. Siempre igual.

Al salir, el camino es el mismo. Nada le sorprende. Nada le hace pensar.

Un día sale del parking y al querer incorporarse a la avenida que da acceso a su rutinario camino, se topa con una valla de color amarillo que le dice “esto no te lo esperabas, te vas a tener que apañar”.

Con el paso de los días se da cuenta de que ese nuevo viaje no está tan mal.

Tarda casi lo mismo.No hay baches y un semáforo menos.

Ha descubierto una cafetería en la que le ponen unas galletas junto su café. Un brebaje café que no es igual al que está acostumbrado, pero no le importa.

Ahora, al salir de casa, piensa cada día en esas dichosas galletas. Es más, sale diez minutos antes para no tener prisa. La odia.

Los jueves pide cuatro galletas para llevar. Le chiflan.

Ya no se da cuenta de esa valla que le cierra (o abre) el camino. Él, simplemente, tuerce a la derecha y ya. Y no le importa, todo lo contrario.

Un día sale cada y no se encuentra con la valla. Y le da por pensar.

Se acuerda de la novedad que es ella.

De lo mucho que le gusta recibir sus mensajes.

De lo que le agrada pasar con ella la noche de los jueves.

De lo que le pone su diente torcido.

De cosas que le gustan de ella.

De cosas que creía olvidadas de él.

PERO.

Pero ella no es lo único que tiene en la cabeza.

En su cabeza vive ELLA. La verdadera “ELLA”.

Porque ELLA es lo más. Pocas cosas hace mal, pocas cosas no le gustan de ELLA. Y las que no sabe hacer o no le gustan, le vuelven loco.

Pero todo lo compara. Esto está bien. Pero con ELLA es mejor. O no. Pero eso no importa.

ELLA se fue. O se fue él. Qué más da. Sus caminos se separaron.

Pero él sigue buscando esa señal luminosa que le diga “por aquí”.

No se aparta de su camino, porque sabe que es la única manera de que… oh, vaya.

Tercera persona del singular

Pensaba que iba en cabeza. Pensaba que iba ganando. Pero qué va, ni mucho menos. Ni siquiera estaba compitiendo. Ni siquiera estaba jugando; cosa que ella sí.

Se sentía ganador. Sin rival. Miraba a los lados y no veía a nadie disputándole el puesto. Tampoco tras él. Tenía que estar ganando.

Ella así se lo hacía saber. “Todo va a salir bien”, decía. Y era verdad. Pero no era el mismo “todo” que él tenía en la cabeza.

Él, muy cuadriculado, entendía que “todo”, significaba “todo”. Ella, pensaba que esa misma palabra quería decir su nombre. Los dos tenían razón.

Ella no estaba mal con él; pero tampoco estaba bien.

Él estaba en una nube; un sitio desde el que jamás pensó ni echar un vistazo.

Ella no sentía aprecio por esos cuerpos que navegan el cielo. No creía en ellos; pese a tenerlos sobre su cabeza día tras día.

Él solo quería sentir su respiración. Ser el causante de que esta se acelerase. Pero ¿cómo iba a hacerlo? Ni tan siquiera sabía respirar estando a su lado.

Ella estaba echa un lío. Durante la semana el lío lo tenía en la cabeza. El fin de semana, se trasladaba a sus piernas. Junto a él. Sobre él. Bajo él. El otro él.

Él o él. Siempre ella.

Él no sabía lo qué pasaba. Cómo iba a saberlo. Ella tenía las cosas algo más claras.

La claridad se convirtió en penumbra.

El blanco era negro.

El negro de los mil tonos.

Él no tocaba el tema con los suyos.

Ella tocaba al otro él.

Él quiso dar un paso adelante.

Ella dijo “tenemos que hablar”.

Él se dio cuenta de que estaba jugando; la última cosa que quería hacer.

Él, ella y él.

Ella y él.

Él.

Fuera de tiempo

Llevaba con esas tres palabras apuntadas en la pizarra desde el día que vi “El show de Truman”. Los que me sigáis en Twitter, sabréis que estoy viendo películas de Jim Carrey como si no hubiese un mañana (cosa que aún está por confirmar), pues vi dicha peli hace no mucho.

Y me acordé de que la vi cuando salió. O más o menos. “El show de Truman” es una peli de 1998, pongamos que la vi un año más tarde. Pero seguro que la vi en el 98, yo era muy de ver las novedades, aunque tuviese la nada despreciable edad de 12 años.

Ninguna edad es despreciable; pero quedaba bien decirlo. Como cuando el 7 del 7 del 2007, por ejemplo, aparece el típico coleguita diciendo “eh, tío, esta fecha es única. Jamás se repetirá”. Y qué razón tiene, lo digo yo, que he vivido cuatro 5 de octubre de 1999, dos 4 de abril de 2013 y alguno más.

Perdón, se me ha ido el santo al cielo. A lo que iba.

Mientras estaba viendo la peli, pensé: “qué carajo entendí yo cuando la vi en su día”. PUES NADA. Cómo cuando vi “La mano que mece la cuna”. Madre mía, fui a ver la jura de bandera de mi tío, a Jaca, con mi madre. En el autocar pusieron esa peli y me la tragué enterita. Después que por qué me cuesta confiar en las personas.

Que me he vuelto a liar.

Pues estaba viendo al genio de Jim y me di cuenta de la de cosas que he hecho fuera de tiempo. Creo que todas. Desde ver películas sin tener ni la mitad de edad recomendada, a… bah, da igual. Voy a darle un giro a esto.

Jim Carrey es mi vida. Sí. Para bien o para mal. Cuando me empecé a interesar por el cine, dio la casualidad de que nos mudamos a escasos metros de un videoclub. Quizá fue a la inversa. No sé.

Recuerdo perfectamente cuando llegó “La máscara”. Ya no nos acordamos, pero alquilar una novedad era una misión digna de Ethan Hunt. Pues un día fui al videoclub, con mi tío. El objetivo estaba claro, pero sabíamos que era (casi) imposible.

Entramos. La vista a la peli en cuestión. Vemos que hay una. Otra persona nos saca metros. Su mano se prepara para cogerla. Un niñato de 9 años (peli del 94, le ponemos uno más, por el margen de error) corre como si estuviese debutando con su equipo. Salimos del local con la peli bajo el brazo. Si no fue mi primera heroicidad, ahí ahí.

400 y pico palabras para explicar casi nada. Pero me estoy quedando a gusto.

Sigo.

En mi casa se veían casi todas las pelis de Carrey. Recuerdo el día que vimos “Dos tontos muy tontos”, puede que la vez que más me haya reído en un cine. Vimos más en casa. Pero me acuerdo de una en la que me dormí y mi padre me dijo “no te perdiste mucho”. Era “Man on the Moon”.

Aquel comentario hizo que siempre esquivase a dicha peli. Si te lo dice tu padre, es verdad. Y así pasaron casi 20 años. Hasta la semana pasada.

No diré que sea la peli que más me ha gustado. Ni la que más me ha gustado de Jim. Pero me gustó. También digo que jamás la recomendaré. Es una peli especial. Como tú, que estás leyendo esto, bandido/a.

Y la verdad es que no tengo nada más que decir. Como si hubiese dicho algo…

Hasta más ver 🙂

Y me subí. Dos veces.

Hola, estamos a 2 de diciembre de 2017. Y me he subido a un avión. Bueno, a dos.

Me subí la semana pasada. Y ojalá me hubiese subido ayer. Y ojalá me hubiese subido hoy. Porque le sigo teniendo miedo. Porque me sigo teniendo miedo. Pero ya no me incapacita. Ya no. No digo “nunca más”, porque nunca se sabe. Pero, amigos, ya nada volverá a ser como antes.

¿Que qué tal fue el viaje? Esa pregunta no se puede contestar con una sola frase. Se debe hacer con un gran blablabla.

Ese viaje empezó en verano. En aquella tarde que me dije “llevas tiempo queriendo ir a Zaragoza, vete”. Me subí al coche y me fui. Llegué a casa cinco horas después. Aquel día no pude ni bajarme del coche.

Ahora que pienso… estoy mintiendo, antes de ese día, lo intenté otra vez. Pero me di la vuelta al cabo de ¿50 kilómetros? Por aquel entonces aún me sentía mal por sentirme mal. Por no llegar. Por quedarme en el camino.

Hasta que me di cuenta de que no llegar, de que “quedarte en el camino”, no es más que parte del mismo. No pasa nada. Es más, mejor así. Porque, llegar y besar el santo, no tiene gracia.

Tras el conato de paseo por Zaragoza, tenía que volver y conseguirlo. Lo hice, e hice unas fotos cojonudas. Volví a casa como el niño que va a clase con todos los deberes hechos. Bien hechos.

El próximo reto era ir a Jaca. Y fui. Dos veces.

La primera fue caótica. Me puse malo por el camino. Tenía un bicho dentro de mí que hacía que mi estómago tuviese más efectos sonoros que una lista de Spotify de música electrolatina. Pero llegué. Porque tenía que hacerlo. Como cuando de pequeño TIENES que cruzar la piscina buceando, porque ya eres mayor.

Llegué, di la vuelta y para casa.

Semanas (o meses) después, tenía que volver. Para mí ya había estado, pero no contaba. Si no paseas por unas calles, no puedes decir que has estado en un sitio. Pero tranquilos, es una norma mía. Cada uno tiene las suyas.

Me fui. Pasé una noche. Y volví a hacer una fotos cojonudas.

Siempre recordaré aquella vuelta a casa como uno de los trayectos en coche más emotivos, hasta tuve que quitar a Fito porque me mareé de la emoción. Soy poca cosa.

En ese punto, ya había conseguido todos los retos que para mí eran terrenales. Siempre en mi coche. Siempre yo solo. El margen de error era real, pero las variables estaban controladas. Eso último lo digo ahora.

En ese viaje a Jaca ya llevaba tatuada la punta del iceberg; un avión. Pero no era el siguiente paso.

Lo más parecido, PARA MÍ, a subirme a un avión, era hacerlo en el AVE. Y lo hice. ¿Cómo no iba a hacerlo si era lo que sabía que tenía que hacer? Me fui a Madrid,  a ver a mi buen amigo Óscar. El mismo que trabaja en la radio. El mismo que tenía que trabajar ese fin de semana. El mismo que tenía que trabajar en un concierto. Y me fui con él. Y fue muy bien.

Resulta que lo de menos de aquel fin de semana, fue ir en el AVE. El viaje de vuelta fue fenomenal. Hasta vi una peli de Scarlett Johansson. Luego me quejo de que la vida me trata mal…

Al llegar a casa estaba muy contento. Había dado un paso más, pero sabía que eso me acercaba al siguiente peldaño.

Una semana después me puse a mirar vuelos, por curiosidad. Todo me parecía caro para un ida y vuelta fugaz. El precio a Ibiza me pareció bien. Puse los datos de la tarjeta de crédito para ver el siguiente paso. Y me llegó un correo con el asunto “Confirmación de reserva”. En ese momento supe que no había marcha atrás. Siempre la hay, pero no pensaba recular.

Tenía 15 días de plazo, para pensar, para no pensar. La primera semana fue un poco de jiji jaja. En la segunda, mi oscuro pasajero no callaba. Tenía miedo. Teníamos miedo.

No voy a marear más la perdiz. Me fui al aeropuerto. Me puse música. Me subí al avión. Subí el volumen. Me emocioné. Bajé del avión. Me puse “Oigo música”, la canción que me ha acompañado tras cada prueba de esfuerzo máximo. Me fui al hotel. Me dormí. Desperté. Hice fotos. Volví al aeropuerto. Me puse música. Me subí a otro avión. Toqué la batería y la guitarra mientras miraba por la ventana. Llegué a Barcelona. Todo era igual. Todo era diferente.

Madrid, Bilbao, Sevilla, Ibiza, Alicante o Santander. Dicen M-Clan en “Souvenir”, me he propuesto ir a todas ellas. Ya tengo dos “check”.

Soy el artífice de mi éxito. Pero quiero agradecer a esas personas que me han dado empujoncitos. Bueno, miento, no me han empujado, simplemente se han detenido un rato junto a mí. Ya sabéis quiénes sois, ¿verdad?

Diario de un agorafóbico. No-ficción.

He ido a Barcelona. También a Girona. Zaragoza y Jaca también me han visto pasear por sus calles.

Medios de transporte, como el metro y el tren también han contado con mi presencia.

Las tiendas han vuelto a abrirme sus puertas. Cosa no difícil, ya que hoy en día todas son automáticas.

El cine y las librerías han vuelto a verme disfrutar. No me habían echado de menos porque no habían dejado de recibir mis visitas; pero no todos mis sentidos estaban allí.

El peluquero, el alérgico a la gomina, ha vuelto a verme con cierta asiduidad.

Ese imposible que era una boda, tampoco pudo conmigo. Y le puse un par de lacitos con sendas comuniones.

Me he vuelto a tatuar. El total ya llega a 17. Y sumando. Uno de los últimos se trata de un avión. La punta del iceberg.

He vuelto a redecorar mi vida. Los pasillos de IKEA han vuelto a contar con mis “esto creo que me cabe en el coche”.

IKEA. El día que fui me tiré a la piscina. Como aquella vez. Y tras conseguirlo, lloré. Mucho. Como aquella vez.

Creo que las dos veces que más he llorado en mi vida han sido de alegría. Y digo “creo” porque sigo dudando de todo. Menos de mí.

Y es que durante esta etapa de mierda, me he dado cuenta de que soy mucho más inteligente de lo que siempre había creído. Y también mucho más fuerte.

Puedo parecer pedante, pero es la verdad. Es muy complicado estar en un sitio, querer salir corriendo y pensar que si lo haces, será peor. Obvio que he necesitado ayuda. Y la sigo necesitando. Pero el que rema soy yo.

Varias personas me han hecho una pregunta cuya respuesta yo creía clara, pero obviamente no lo era; se trata de “¿cómo te diste cuenta de que tenías ese miedo?”. Yo simplemente respondo, que cuando no puedes hacer cosas que has hecho durante toda tu vida, es que algo pasa.

Me he dado cuenta de que soy mejor persona de lo que creía. Porque cuando me topo con un psicólogo de Mercadona, esos que tienen remedio para todo, no exploto, simplemente digo algo así como “bueno, cada persona es un mundo y blablabla”. Y es que yo sí sé lo que tengo que hacer. Sé que puedo hacerlo todo, solo que, quizá, no sea mañana.

[Alberto, estás yendo muy de guay. Explícalo todo]

Pero no todo es bonito y buen rollo.

Para poder disfrutar de Zaragoza tuve que intentarlo dos veces. En la primera no llegué y en la segunda ni me bajé del coche.

Aún tengo ese momento, cada semana o cada dos, de “voy a tirar el ajuar de boda que nunca tendré, porque esto no lo voy a conseguir dejar atrás”. Pero también es verdad que se me pasa rápido.

Este martes tuve un bajón. Quiero ir a una ciudad. En avión. Tengo ganas de ir a hacer fotos y de conocer a un par de personas. Tuve ese bajón porque aún no puedo ir. Pero podré. Antes de lo que creo. Será como lo de IKEA. Pero sin velas.

Queda un día menos para (volver a) subirme a un avión. Queda un día menos para todo.

No sé cerrar las entradas en las que me pongo serio. Así que hasta…