Una valla en el camino

Él iba en moto. Cada día el mismo trayecto. Todo bajo control.

Acelera para que el semáforo no cambie a rojo antes de su paso. Como cada día.

Toma café en el mismo bar. Ya saben cómo servírselo. No hace falta que diga nada.

Vuelve a subirse a su moto, que dejó aparcada entre el banco y la farola. Como siempre.

Acelera, gira, frena, bache, intermitente, gas y a la oficina hasta las 18. Siempre igual.

Al salir, el camino es el mismo. Nada le sorprende. Nada le hace pensar.

Un día sale del parking y al querer incorporarse a la avenida que da acceso a su rutinario camino, se topa con una valla de color amarillo que le dice “esto no te lo esperabas, te vas a tener que apañar”.

Con el paso de los días se da cuenta de que ese nuevo viaje no está tan mal.

Tarda casi lo mismo.No hay baches y un semáforo menos.

Ha descubierto una cafetería en la que le ponen unas galletas junto su café. Un brebaje café que no es igual al que está acostumbrado, pero no le importa.

Ahora, al salir de casa, piensa cada día en esas dichosas galletas. Es más, sale diez minutos antes para no tener prisa. La odia.

Los jueves pide cuatro galletas para llevar. Le chiflan.

Ya no se da cuenta de esa valla que le cierra (o abre) el camino. Él, simplemente, tuerce a la derecha y ya. Y no le importa, todo lo contrario.

Un día sale cada y no se encuentra con la valla. Y le da por pensar.

Se acuerda de la novedad que es ella.

De lo mucho que le gusta recibir sus mensajes.

De lo que le agrada pasar con ella la noche de los jueves.

De lo que le pone su diente torcido.

De cosas que le gustan de ella.

De cosas que creía olvidadas de él.

PERO.

Pero ella no es lo único que tiene en la cabeza.

En su cabeza vive ELLA. La verdadera “ELLA”.

Porque ELLA es lo más. Pocas cosas hace mal, pocas cosas no le gustan de ELLA. Y las que no sabe hacer o no le gustan, le vuelven loco.

Pero todo lo compara. Esto está bien. Pero con ELLA es mejor. O no. Pero eso no importa.

ELLA se fue. O se fue él. Qué más da. Sus caminos se separaron.

Pero él sigue buscando esa señal luminosa que le diga “por aquí”.

No se aparta de su camino, porque sabe que es la única manera de que… oh, vaya.

Tercera persona del singular

Pensaba que iba en cabeza. Pensaba que iba ganando. Pero qué va, ni mucho menos. Ni siquiera estaba compitiendo. Ni siquiera estaba jugando; cosa que ella sí.

Se sentía ganador. Sin rival. Miraba a los lados y no veía a nadie disputándole el puesto. Tampoco tras él. Tenía que estar ganando.

Ella así se lo hacía saber. “Todo va a salir bien”, decía. Y era verdad. Pero no era el mismo “todo” que él tenía en la cabeza.

Él, muy cuadriculado, entendía que “todo”, significaba “todo”. Ella, pensaba que esa misma palabra quería decir su nombre. Los dos tenían razón.

Ella no estaba mal con él; pero tampoco estaba bien.

Él estaba en una nube; un sitio desde el que jamás pensó ni echar un vistazo.

Ella no sentía aprecio por esos cuerpos que navegan el cielo. No creía en ellos; pese a tenerlos sobre su cabeza día tras día.

Él solo quería sentir su respiración. Ser el causante de que esta se acelerase. Pero ¿cómo iba a hacerlo? Ni tan siquiera sabía respirar estando a su lado.

Ella estaba echa un lío. Durante la semana el lío lo tenía en la cabeza. El fin de semana, se trasladaba a sus piernas. Junto a él. Sobre él. Bajo él. El otro él.

Él o él. Siempre ella.

Él no sabía lo qué pasaba. Cómo iba a saberlo. Ella tenía las cosas algo más claras.

La claridad se convirtió en penumbra.

El blanco era negro.

El negro de los mil tonos.

Él no tocaba el tema con los suyos.

Ella tocaba al otro él.

Él quiso dar un paso adelante.

Ella dijo “tenemos que hablar”.

Él se dio cuenta de que estaba jugando; la última cosa que quería hacer.

Él, ella y él.

Ella y él.

Él.

Fuera de tiempo

Llevaba con esas tres palabras apuntadas en la pizarra desde el día que vi “El show de Truman”. Los que me sigáis en Twitter, sabréis que estoy viendo películas de Jim Carrey como si no hubiese un mañana (cosa que aún está por confirmar), pues vi dicha peli hace no mucho.

Y me acordé de que la vi cuando salió. O más o menos. “El show de Truman” es una peli de 1998, pongamos que la vi un año más tarde. Pero seguro que la vi en el 98, yo era muy de ver las novedades, aunque tuviese la nada despreciable edad de 12 años.

Ninguna edad es despreciable; pero quedaba bien decirlo. Como cuando el 7 del 7 del 2007, por ejemplo, aparece el típico coleguita diciendo “eh, tío, esta fecha es única. Jamás se repetirá”. Y qué razón tiene, lo digo yo, que he vivido cuatro 5 de octubre de 1999, dos 4 de abril de 2013 y alguno más.

Perdón, se me ha ido el santo al cielo. A lo que iba.

Mientras estaba viendo la peli, pensé: “qué carajo entendí yo cuando la vi en su día”. PUES NADA. Cómo cuando vi “La mano que mece la cuna”. Madre mía, fui a ver la jura de bandera de mi tío, a Jaca, con mi madre. En el autocar pusieron esa peli y me la tragué enterita. Después que por qué me cuesta confiar en las personas.

Que me he vuelto a liar.

Pues estaba viendo al genio de Jim y me di cuenta de la de cosas que he hecho fuera de tiempo. Creo que todas. Desde ver películas sin tener ni la mitad de edad recomendada, a… bah, da igual. Voy a darle un giro a esto.

Jim Carrey es mi vida. Sí. Para bien o para mal. Cuando me empecé a interesar por el cine, dio la casualidad de que nos mudamos a escasos metros de un videoclub. Quizá fue a la inversa. No sé.

Recuerdo perfectamente cuando llegó “La máscara”. Ya no nos acordamos, pero alquilar una novedad era una misión digna de Ethan Hunt. Pues un día fui al videoclub, con mi tío. El objetivo estaba claro, pero sabíamos que era (casi) imposible.

Entramos. La vista a la peli en cuestión. Vemos que hay una. Otra persona nos saca metros. Su mano se prepara para cogerla. Un niñato de 9 años (peli del 94, le ponemos uno más, por el margen de error) corre como si estuviese debutando con su equipo. Salimos del local con la peli bajo el brazo. Si no fue mi primera heroicidad, ahí ahí.

400 y pico palabras para explicar casi nada. Pero me estoy quedando a gusto.

Sigo.

En mi casa se veían casi todas las pelis de Carrey. Recuerdo el día que vimos “Dos tontos muy tontos”, puede que la vez que más me haya reído en un cine. Vimos más en casa. Pero me acuerdo de una en la que me dormí y mi padre me dijo “no te perdiste mucho”. Era “Man on the Moon”.

Aquel comentario hizo que siempre esquivase a dicha peli. Si te lo dice tu padre, es verdad. Y así pasaron casi 20 años. Hasta la semana pasada.

No diré que sea la peli que más me ha gustado. Ni la que más me ha gustado de Jim. Pero me gustó. También digo que jamás la recomendaré. Es una peli especial. Como tú, que estás leyendo esto, bandido/a.

Y la verdad es que no tengo nada más que decir. Como si hubiese dicho algo…

Hasta más ver 🙂

Y me subí. Dos veces.

Hola, estamos a 2 de diciembre de 2017. Y me he subido a un avión. Bueno, a dos.

Me subí la semana pasada. Y ojalá me hubiese subido ayer. Y ojalá me hubiese subido hoy. Porque le sigo teniendo miedo. Porque me sigo teniendo miedo. Pero ya no me incapacita. Ya no. No digo “nunca más”, porque nunca se sabe. Pero, amigos, ya nada volverá a ser como antes.

¿Que qué tal fue el viaje? Esa pregunta no se puede contestar con una sola frase. Se debe hacer con un gran blablabla.

Ese viaje empezó en verano. En aquella tarde que me dije “llevas tiempo queriendo ir a Zaragoza, vete”. Me subí al coche y me fui. Llegué a casa cinco horas después. Aquel día no pude ni bajarme del coche.

Ahora que pienso… estoy mintiendo, antes de ese día, lo intenté otra vez. Pero me di la vuelta al cabo de ¿50 kilómetros? Por aquel entonces aún me sentía mal por sentirme mal. Por no llegar. Por quedarme en el camino.

Hasta que me di cuenta de que no llegar, de que “quedarte en el camino”, no es más que parte del mismo. No pasa nada. Es más, mejor así. Porque, llegar y besar el santo, no tiene gracia.

Tras el conato de paseo por Zaragoza, tenía que volver y conseguirlo. Lo hice, e hice unas fotos cojonudas. Volví a casa como el niño que va a clase con todos los deberes hechos. Bien hechos.

El próximo reto era ir a Jaca. Y fui. Dos veces.

La primera fue caótica. Me puse malo por el camino. Tenía un bicho dentro de mí que hacía que mi estómago tuviese más efectos sonoros que una lista de Spotify de música electrolatina. Pero llegué. Porque tenía que hacerlo. Como cuando de pequeño TIENES que cruzar la piscina buceando, porque ya eres mayor.

Llegué, di la vuelta y para casa.

Semanas (o meses) después, tenía que volver. Para mí ya había estado, pero no contaba. Si no paseas por unas calles, no puedes decir que has estado en un sitio. Pero tranquilos, es una norma mía. Cada uno tiene las suyas.

Me fui. Pasé una noche. Y volví a hacer una fotos cojonudas.

Siempre recordaré aquella vuelta a casa como uno de los trayectos en coche más emotivos, hasta tuve que quitar a Fito porque me mareé de la emoción. Soy poca cosa.

En ese punto, ya había conseguido todos los retos que para mí eran terrenales. Siempre en mi coche. Siempre yo solo. El margen de error era real, pero las variables estaban controladas. Eso último lo digo ahora.

En ese viaje a Jaca ya llevaba tatuada la punta del iceberg; un avión. Pero no era el siguiente paso.

Lo más parecido, PARA MÍ, a subirme a un avión, era hacerlo en el AVE. Y lo hice. ¿Cómo no iba a hacerlo si era lo que sabía que tenía que hacer? Me fui a Madrid,  a ver a mi buen amigo Óscar. El mismo que trabaja en la radio. El mismo que tenía que trabajar ese fin de semana. El mismo que tenía que trabajar en un concierto. Y me fui con él. Y fue muy bien.

Resulta que lo de menos de aquel fin de semana, fue ir en el AVE. El viaje de vuelta fue fenomenal. Hasta vi una peli de Scarlett Johansson. Luego me quejo de que la vida me trata mal…

Al llegar a casa estaba muy contento. Había dado un paso más, pero sabía que eso me acercaba al siguiente peldaño.

Una semana después me puse a mirar vuelos, por curiosidad. Todo me parecía caro para un ida y vuelta fugaz. El precio a Ibiza me pareció bien. Puse los datos de la tarjeta de crédito para ver el siguiente paso. Y me llegó un correo con el asunto “Confirmación de reserva”. En ese momento supe que no había marcha atrás. Siempre la hay, pero no pensaba recular.

Tenía 15 días de plazo, para pensar, para no pensar. La primera semana fue un poco de jiji jaja. En la segunda, mi oscuro pasajero no callaba. Tenía miedo. Teníamos miedo.

No voy a marear más la perdiz. Me fui al aeropuerto. Me puse música. Me subí al avión. Subí el volumen. Me emocioné. Bajé del avión. Me puse “Oigo música”, la canción que me ha acompañado tras cada prueba de esfuerzo máximo. Me fui al hotel. Me dormí. Desperté. Hice fotos. Volví al aeropuerto. Me puse música. Me subí a otro avión. Toqué la batería y la guitarra mientras miraba por la ventana. Llegué a Barcelona. Todo era igual. Todo era diferente.

Madrid, Bilbao, Sevilla, Ibiza, Alicante o Santander. Dicen M-Clan en “Souvenir”, me he propuesto ir a todas ellas. Ya tengo dos “check”.

Soy el artífice de mi éxito. Pero quiero agradecer a esas personas que me han dado empujoncitos. Bueno, miento, no me han empujado, simplemente se han detenido un rato junto a mí. Ya sabéis quiénes sois, ¿verdad?

Diario de un agorafóbico. No-ficción.

He ido a Barcelona. También a Girona. Zaragoza y Jaca también me han visto pasear por sus calles.

Medios de transporte, como el metro y el tren también han contado con mi presencia.

Las tiendas han vuelto a abrirme sus puertas. Cosa no difícil, ya que hoy en día todas son automáticas.

El cine y las librerías han vuelto a verme disfrutar. No me habían echado de menos porque no habían dejado de recibir mis visitas; pero no todos mis sentidos estaban allí.

El peluquero, el alérgico a la gomina, ha vuelto a verme con cierta asiduidad.

Ese imposible que era una boda, tampoco pudo conmigo. Y le puse un par de lacitos con sendas comuniones.

Me he vuelto a tatuar. El total ya llega a 17. Y sumando. Uno de los últimos se trata de un avión. La punta del iceberg.

He vuelto a redecorar mi vida. Los pasillos de IKEA han vuelto a contar con mis “esto creo que me cabe en el coche”.

IKEA. El día que fui me tiré a la piscina. Como aquella vez. Y tras conseguirlo, lloré. Mucho. Como aquella vez.

Creo que las dos veces que más he llorado en mi vida han sido de alegría. Y digo “creo” porque sigo dudando de todo. Menos de mí.

Y es que durante esta etapa de mierda, me he dado cuenta de que soy mucho más inteligente de lo que siempre había creído. Y también mucho más fuerte.

Puedo parecer pedante, pero es la verdad. Es muy complicado estar en un sitio, querer salir corriendo y pensar que si lo haces, será peor. Obvio que he necesitado ayuda. Y la sigo necesitando. Pero el que rema soy yo.

Varias personas me han hecho una pregunta cuya respuesta yo creía clara, pero obviamente no lo era; se trata de “¿cómo te diste cuenta de que tenías ese miedo?”. Yo simplemente respondo, que cuando no puedes hacer cosas que has hecho durante toda tu vida, es que algo pasa.

Me he dado cuenta de que soy mejor persona de lo que creía. Porque cuando me topo con un psicólogo de Mercadona, esos que tienen remedio para todo, no exploto, simplemente digo algo así como “bueno, cada persona es un mundo y blablabla”. Y es que yo sí sé lo que tengo que hacer. Sé que puedo hacerlo todo, solo que, quizá, no sea mañana.

[Alberto, estás yendo muy de guay. Explícalo todo]

Pero no todo es bonito y buen rollo.

Para poder disfrutar de Zaragoza tuve que intentarlo dos veces. En la primera no llegué y en la segunda ni me bajé del coche.

Aún tengo ese momento, cada semana o cada dos, de “voy a tirar el ajuar de boda que nunca tendré, porque esto no lo voy a conseguir dejar atrás”. Pero también es verdad que se me pasa rápido.

Este martes tuve un bajón. Quiero ir a una ciudad. En avión. Tengo ganas de ir a hacer fotos y de conocer a un par de personas. Tuve ese bajón porque aún no puedo ir. Pero podré. Antes de lo que creo. Será como lo de IKEA. Pero sin velas.

Queda un día menos para (volver a) subirme a un avión. Queda un día menos para todo.

No sé cerrar las entradas en las que me pongo serio. Así que hasta…

 

Sidamón: la trilogía

Ya sabéis que me ha dado por las fotos. Cómo no darse cuenta. Si estás aquí, al 99% me sigues en Twitter o Instagram y eso es algo que ya sabías.

Al principio de este blog, dije varias veces lo fan que soy de la luz. No tengo cortinas en casa, por ejemplo. No tengo las persianas arriba del todo porque no quiero morir calcinado, que sino…

Mi luz favorita es la que está a punto de desaparecer. Quizá sea por eso. Casi siempre pierdo las cosas cuando más a gusto estoy con ellas. Me pasó con aquello, con lo otro y con alguna cosa más.

Desde que tengo la cámara, se ha convertido en mi momento favorito del día para hacer fotos. Ya sea con el Sol de cara o calentándome la coronilla.

Me gusta cuando el Sol está tan bajo que, si levantas la mano, casi lo puedes tocar. Tan bajo que le puedes poner algo delante para taparlo. Puedes hacer lo que quieras con él.

El pasado domingo no fue diferente. Tenía ganas de tres cosas: de hacer fotos, de hacer kilómetros y de seguir el fútbol por la radio. Así que cogí la cámara (comprobé que tenía la tarjeta) y las llaves del coche.

No sabía cuál iba a ser el destino, ni mi objetivo. Pero era raro, llevaba la velocidad del que sabe adónde se dirige. Del que sabe que le están esperando. Del que sabe que no puede llegar tarde, porque no le gusta hacer perder el tiempo.

De repente me dije: “ya está, como está el Sol, vas a hacer una foto desde un puente, sobre la autovía”. Así que me puse a buscar una salida con un puente a la vista. Uno que me gustase, claro.

Los kilómetros pasaban, el camino era conocido: la autovía de Zaragoza. Ya expliqué lo importante que fue y es ese trayecto para mí.

Unos minutos después, lo vi. Llegaba a Sidamón. Un pueblo del que recordaba el nombre, pero eso de que no sabes el motivo. En cuanto tomé la salida, lo vi. Vi a “eso” que tantas y tantas veces le he dedicado las mismas palabras en mi cabeza.

“Alberto, un día tienes que descubrir cómo hacerle fotos a eso”

“Tiene que haber un camino o algo”

“No puede ser tan difícil”

Pues ese día la casualidad me llevó ante él. O ante eso. No sé cómo llamarlo.

En cuanto vi donde estaba me bajé del coche. Cogí la cámara y salí corriendo campo a través. No podía perder tiempo. Cuando el Sol se está cayendo es cuestión de nada y menos que desaparezca. Y ay si se cruza una nube.

Así que corrí, como quien ve la meta. Como quien sabe que en el final está lo que uno quiere. Corrí, corrí, me paré un poco porque pisé un palo y seguí corriendo. Después vi que podía haber ido con el coche, pero oye, entonces las palabras escritas hace nada no tendrían épica.

Y allí estaba. Nervioso ante esa silueta. Esa silueta que tantas veces me había dicho “eh, que te vas a vivir una aventura”. Así que disparé. Y no le sentó mal. Rodeé a ese tótem y le vi la cara. La misma cara que siempre me dice “¿De camino a casa, eh? Venga, que ya lo tienes hecho”.

Esta entrada puede parecer una tontería para vosotros. Pero para mí fue lo más. Y es normal que no lo entendáis. Porque lo que viví antes, durante y después lo hice solo conmigo. Y como me explico fatal… pues eso, que no espero que lo entendáis. O sí.

Sí, quiero.

 

Ah, ah, ah. Ni caso a la foto, de momento.

Sábado: me levanto, me pongo en marcha y decido ir a hacer fotos.

Hacía tiempo que quería ir a Girona y más desde que vi la catedral en Juego de Tronos. Así que me subí al coche, puse la música en modo random y me dispuse a sumar kilómetros.

Hacer una salida de este tipo era algo impensable hace unas semanas. Pero desde que me tiré a la piscina, sin manguitos, en aquella escapada a Zaragoza, muchas cosas han cambiado.

Aquel día no me ahogué, pero casi. Fue un éxito relativo, fui buscando una crisis y la encontré. Ya está. Poco después volví, y con un par de truquillos, viví uno de los mejores días de los últimos años. Había tirado abajo una muralla. Una más.

Volvamos al sábado. Que soy tan mono (por lo del pelo por todo el cuerpo), que me voy por las ramas.

Llego, aparco y busco en Google Maps dónde está la catedral. Cojo el patinete y me pongo en camino. PERO tengo un problema: no sé interpretar el GPS cuando voy a pie. SIEMPRE empiezo a andar, o patinetear, en dirección contraría.

En fin: me aclaro y para el centro.

[A la foto]

Voy a lo mío. Mis ventanas, mis puertas…  Le hago una foto a una de estas, miro cómo ha quedado y veo a un par de espontáneos. Alzo la mirada para verlos en directo.

La felicidad está ante mí. En un segundo imagino el guión de sus vidas. Se conocieron antes de la veintena. Apenas estuvieron un año. La cosa se torció. La cosa siempre se tuerce. Sus vidas se separaron. Trabajo, hijos, otras ciudades. Hasta que un día Facebook y su “tal vez conozcas a:” removió tripas al unísono.

No sé si aquel sábado era el comienzo de una vida o el paréntesis de otra, ¿y qué más da? Para ellos, en ese momento no había nada más. Se seguían besando después de hacerlo. Se seguían abrazando una vez separados.

No hice más fotos porque quise disfrutar del momento. Como cuando vas al concierto de tu grupo favorito y estás más pendiente del móvil. Pues no.

Y los perdí de vista.

Seguí con mis fotos. Descubrí un balcón, este:

Le hice más fotos que a mi primera tortilla.

Apenas había visto Girona, pero sentía que ya había visto lo importante. Decidí ir a Barcelona, y una vez allí, a la Sagrada Familia. Os enseñaría una foto cojonuda que tengo de ella, pero digo yo que me tendré que guardar algo.

Me di una vuelta, blablabla y para casa.

Horas después me puse a ver qué tal las fotos del día. Cuando toqueteé la que abre esta entrada y vi el resultado me dije: “ay”. La cosa no pasó de ahí. (Me ha faltado meter un “hay” para hacer la gracia completa).

Al día siguiente, no sabía qué hacer/ver. Me puse un rato La jungla de Cristal, pero no me atrapó como otras veces. Recordé que tenía La la land y pensé en ver un trozo mientras comía. La vi entera.

Mientras lo hacía, me acordé de Her (otro día os hablaré de esta peli desde otro punto de vista). La vi a continuación. Y ya le puse la guinda con Rocky II. Sí, la guinda.

La cosa acabó así:

Quiero esas cosas. Que acabarán mal, pues seguramente. ¿Y qué? Un La la land o un Her. Lo de Rocky es inalcanzable, pero lo otro… ¿quién sabe?

Hasta luego 🙂

Nunca voy a ser feliz

Hace un rato he dicho esto en Twitter:

Y aquí estoy.

Tranquilos, que todo tiene una explicación. Bueno, casi todo.

Nunca voy a ser feliz. Llevo unos días/semanas con un estado anímico mejor que hace unos días/semanas/meses. Aún así creo que nunca seré feliz.

Lo creo así porque PARA MÍ la felicidad es un estado tan absoluto, en el que hay que tener tantas cosas bajo control (trabajo, familia, enfermedades, dinero y mil más), que sé que jamás alcanzaré.

Cuando las cosas me salen más o menos bien, cuando estoy a gusto, cuando hago cosas que me apetece o, yo qué sé, cuando me regalan algo, yo no estoy feliz, yo estoy contento.

No sé, si mi equipo gana la Champions, pues estoy contento.

Si mi piloto gana el mundial, pues estoy contento.

Si estoy conociendo a una chica que me gusta, pues estoy contento.

Puede que esa sea la felicidad de los demás, pero no para mí. Esa palabra, PARA MÍ, es demasiado, es utópica. Quizá me lo digo a mí mismo para no dejar de perseguirla, puede ser.

“-Alberto, no eres feliz, no te acomodes. -Dice mi Pepito Grillo-“. Por cierto, el mismo Pepito me dice que queme cosas, pero no le hago caso. De momento.

Hay gente que se va de cañas, sube una foto a Instagram y pone su etiqueta de “#felizcomounaperdiz”. Y según la RAE, pues tienen razón. La RAE dice lo siguiente:

Felicidad.

Del lat. felicĭtas, -ātis.

  1. Estado de grata satisfacción espiritual y física.
  2. Persona, situación, objeto o conjunto de ellos que contribuyen a hacer feliz. Mi familia es mi felicidad.
  3. Ausencia de inconvenientes o tropiezos. Viajar con felicidad.

La tercera acepción. Eso es lo que quiero decir. ¿Ausencia de convenientes? ¿De tropiezos? Pues eso, que jamás la alcanzaré. Ni falta que hace.

Por que a mí me vale con lo que pienso. Yo quiero estar contento cada día. Durante el mayor espacio de tiempo posible. Esté dónde esté, haga lo que haga. Porque no puedo decir que estoy feliz si estoy viviendo en un sitio que odio, pero si que puedo estar contento. Creo que me entendéis. Me leéis pocos, pero sabéis por donde voy.

Pues nada, ya lo he dicho.

En la última entrada dije que estaba escribiendo algo. No lo he dejado, pero si que voy a tardar. Quería hacerlo rápido. Casi acabarlo al ponerme, pero no. Lo voy a hacer bien. O todo lo bien que sepa hacer algo que no he hecho nunca.

Dicho lo cual, gracias por venir 🙂

Y me compré un patinete

Y fui a Zaragoza. Y me compré “Asesinato en el Orient Express”. Y vi la trilogía de Indiana Jones. No son grandes cosas, o puede que sí, pero son cosas que quería hacer desde hacía tiempo.

Basta de buscar el momento idóneo para todo. Y por eso…

Una cosa os tengo que decir: me vais a ver menos por aquí. Y es que tengo una cosa en mente. Bueno, tengo más de una. Pero esta choca un poco con escribir en el blog. Estoy escribiendo otra cosa.

Empecé el sábado noche. No sé si fui el calor, que estoy muy solo (qué pesao soy con esto) o qué. Mi idea era casi acabarla esa misma noche, pero me fue imposible. Cuanto más pensaba, más se liaba la cosa.

No sé si será un relato, un libro, el guión de un cómic o un “.doc” que se queda dando vueltas años y años por el escritorio. Pero sí sé que lo quiero hacer.

Lo mismo me pongo frente al PC y escribo, escribo y escribo y cuando lleve 20 páginas, lo rompo. Aunque para eso, antes debería imprimirlo…

En fin, que no sé cómo acabará la cosa, si es que acaba. Pero sí sé que lo quiero hacer. Y si se queda a medías, pues no pasa nada.

Eso sí, lo siento por todo el mundo. Con lo pesado que soy con lo de “tengo un blog”, lo de “estoy escribiendo algo” me da para un buen rato.

Ah, que lo he dicho como si nada. ¡Que me fui a Zaragoza! Esta vez fue mucho mejor que la anterior. Pero mucho.

Esta vez la meta no era llegar. Esta vez era emprender el camino y en el momento de sufrir una crisis, gestionarla. Si la superaba, podía volver a casa. Aunque llevase 30 km de viaje. La crisis me llegó en La Puebla de Alfindén. A nada de Zaragoza. Allí me salí de la autopista. Allí hice lo que tenía que hacer. Y allí superé la crisis.

Podía haber vuelto. Ya había sido un éxito. Pero quería ir a Zaragoza. Quería hacer fotos. Y…

¿Nada mal para alguien que se llevó la cámara sin tarjeta de memoría, no? Sí, eso es lo que pasó. Voy a Zaragoza a hacer fotos y no compruebo ni eso. Pero me vino bien. Así conocí un poco más el centro de la ciudad buscando dónde poder hacerme con una.

Y lo del patinete. Me lo he comprado y lo he usado y todo. He ido al trabajo dos veces. Y las dos veces casi me atropellan.

Indiana Jones debería haber ido en patinete, eso sí que hubiese sido una auténtica aventura. Y no pelear contra los nazis. Puede que lo de los nazis sea una pista parHASTA AQUÍ PUEDO LEER/ESCRIBIR.

Hermana, ¿me hago del Madrid?

– Haz lo que quieras. Pero si te vas, no vuelvas – dijo ella-.

El Madrid acababa de ganar la Liga y yo era un ser que no tenía Twitter.

Mirando en la Wikipedia, tuvo que ser en mayo/junio del 95 o del 97. En el 97 es imposible. Aquel año el Barça lo ganó casi todo, con Robson en el banquillo y un tal Ronaldo en el campo. Antes no puedo ser, por que desde la 90-91 a la 94 el Barça ganó la Liga. Así que tuvo que ser en el 95. O lo que es lo mismo: tenía 9 años.

El año anterior siempre será el que recordaré como mi primer año como seguidor del deporte de 11 contra 11 sobre césped.

Todo fue muy doloroso, el Barça perdió la final de la Champions contra el Milan, por 4-0. Y España cayó ante Italia, codazo mediante, en el mundial de Estados Unidos.

Recuerdo ver aquel partido con mi hermana. Cuando el partido se puso feo, cambió de canal. De vez en cuando volvía a ponerlo y cada vez que lo hacía el Milán marcaba o ya lo había hecho.

Recuerdo que aquel día compré el periódico. Siempre lo hacía, iba a  un kisko al lado de casa. Ese día regalaban una pegatina, de las que se pegan en los coches o carpetas; yo lo hice en la camiseta. Y era un tío muy pequeño, así que me debería llegar del cuello a los pies. Ya era ilusión por los cuatro costados.

Meses después empezó el mundial. Aluciné. España cayó en cuartos. Se me partió el alma con el codazo a Luis Enrique. Aún creo que Abelardo puede estirarse un poco más y llegar al balón de Baggio.


Vi aquel partido en casa de mis abuelos. Cuando acabó, recuerdo irme al baño, sentarme en el borde de la bañera y pensar “¿por qué? Si lo hemos hecho todo bien”. Ahí empecé a ser el dramas que soy hoy en día. Ahí empecé a amar al fútbol. Lo de las motos llegó un poco más tarde, pero poco.

Volviendo a al conversación que abría esta entrada, puede que no sea del Madrid por mi hermana. Aquella respuesta fue tan clara y seca que supe cómo era. Me quedó claro para toda la vida. Y yo me quedé en el bando culé. No me arrepiento. Creo.

Mi siguiente gran evento deportivo que recuerdo seguir con gran pasión fueron los Juegos Olímpicos de Atlanta 96. Pero allí mi hermana no me dijo “como vayas con Estados Unidos, ya te puedes ir a vivir a Delaware”. Y se lo agradezco, porque ya me veía preparando las maletas. Aunque quién sabe, lo mismo hoy sería el primer campeón blanco de 100 metros lisos en los últimos ¿500 años?

Bueno, he empezado esta entrada para ver qué tal el PC este, que hacía años que no lo usaba y mirad la que os he soltado. No os molesto más por hoy, por aquí.

Un saludo, mis fans. Que sí, que lo sois. Os guste o no 🙂

Os dejo mi última foto. Estoy un poco mosca, porque es la que más corazoncitos ha tenido, pero no es de mis favoritas. Pero oye, el caso es quejarse de algo.